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ADÉNTRATE EN EL ARTE Y LA CULTURA DEL EMPORDÀ A TRAVÉS DE SUS PERSONAJES

Enric Pladevall

ENCRIPTAR EL SUEÑO
Por Eudald Camps Fotos Yayoi Sawada

Con el cambio de siglo, Enric Pladevall (Vic, 1951) decidió concentrar todos sus esfuerzos en la creación de un espacio, Olivar, que conseguía fusionar arte y naturaleza en Ventalló, en el corazón del Empordà. Su proyecto vital (www.lolivar.cat) apostaba por múltiples disciplinas creativas mediante el diálogo activo con el paisaje. Sin embargo, su tenacidad, unida a una mirada escrutadora que no se contenta con lo inmediato, le ha llevado a remachar el plan inicial con una cripta (www.cripta.cat) que es un corolario a toda una vida de proyectos que, en muchos casos, suponen una insólita fusión entre una sensibilidad casi minimalista y el despliegue escenográfico que, cuando es necesario, flirtea con la desmesura. Pladevall en estado puro.

Antecedentes

El escultor Enric Pladevall aprovechó el cambio de siglo –y, de paso, su quincuagésimo aniversario– para concentrar todos sus esfuerzos en la realización de un lugar que, en realidad, quería ser una declaración de principios: “El arte es inexplicable, pero personalmente creo que está íntimamente ligado a la energía, a las emociones, a las tensiones”, explicaba entonces el artista. "Considero el arte como una forma de conocimiento equiparable a la naturaleza, a la ciencia o al pensamiento, y que a la vez representaría su expresión sensible." La fórmula no puede dejarnos indiferentes: se trataba de entender el arte como una modalidad de conocimiento sensible que, de alguna forma, actuaría como contraimagen de todas las demás formas de conocimiento. Su especificidad, su patrimonio exclusivo, sería la coherencia emocional, la capacidad para integrar –como en los jardines del maestro Noguchi– el plan racional y el emotivo.

Pasan los años y el Olivar, como le gusta subrayar en Pladevall, va cicatrizando las heridas y convirtiéndose en paisaje: “Al principio –recuerda– Olivar sólo era un gran campo de alfalfa. Cuando lo descubrí, era necesario tomar una decisión: centrarme en mi carrera artística y apostar por diferentes galerías de arte en el extranjero o convertir este lugar en mi gran proyecto personal, en una gran escultura-paisaje que, en el fondo, vendría a ser un compendio de todo lo que he hecho a lo largo de mi vida”. La dicotomía era absoluta: seguir desplegándose como artista de prestigio internacional (fiel al imperativo del crecimiento sostenido tomado de la economía) o iniciar una maniobra de repliegue que debería llevarla al núcleo mismo de su práctica. O, dicho de otra forma: seguir engordando al Yo o iniciar un proceso de disolución con la obra y el paisaje que, ahora lo sabemos, culmina en una cripta que es mucho más que una escultura.

De hecho, con la Cripta, Pladevall parece querer incorporarse a una genealogía de creadores que han centrado sus esfuerzos en dilatar (o en disolver) los límites de la disciplina. Nos referimos a trabajos como aquel famoso pozo oculto bajo el paisaje realizado a mediados de los años setenta por Mary Miss –«medio atrio, medio túnel, el límite entre el exterior y el interior, una delicada estructura de tablones y vigas de madera», le describía Rosalind Krauss– o, por supuesto, a las incógnitas espaciales planteadas por Christo y Jeanne-Claude: el motor principal, antes y ahora, es la voluntad de convertir el espacio en algo más que un contenedor neutral ocupado por un puñado de obras exentas.

Dejar el Yo fuera

Acceder la Cripta implica desprenderse del Yo. La experiencia que Pladevall nos propone es regresiva y radicalmente antimoderna. Descalzos y en absoluto silencio (esencia de la música, según Cage), deberemos firmar un pacto tácito que, si ocurre, proporciona ese tipo de alivio magistralmente descrito por Borges en Los Conjurados: “El alivio que tú y yo sentiremos en el instante que precede a la muerte, cuando la suerte nos desate de la triste costumbre de ser alguien y del peso del universo”.

Cuestión de suerte o no, lo que resulta determinante es la liberación invocada por el genio argentino, es decir, lo que sucede cuando el yo se aplaza (y se aplaca), quizás indefinidamente, en beneficio de una conciencia difundida que ya no responde al encorsetamiento de los conceptos ni a la dictadura de la realidad aparente. La “enfermedad” del yo, parece querer recordarnos la Cripta imaginada por Pladevall, es tan antigua como el hombre y, de hecho, ella es el origen de las múltiples formas que adopta la insatisfacción, empezando por el odio o la ira y terminando por la abulia o la melancolía (de hecho, Hegel, en sus Lecciones de estética, le dedicaba especial atención: “El Yo no puede encontrar satisfacción en este disfrute de sí, sino que debe sentir la carencia, ya que experimenta la sed de lo firme y sustancial". Y aún más: "Aquella añoranza, sin embargo, es sólo el sentimiento de la nulidad del sujeto vacío y vano que le faltan las fuerzas para poder escapar de esta vanidad y poder realizarse con contenido sustancial”).

Por eso la protagonista de la Cripta es un olivo milenario. Lo explica el artista: “Quisiera que en todo momento esta cripta fuera un canto a la vida, más que un monumento funerario, que también lo es, porque honrar el pasado es imprescindible para honrar la vida, el ahora y el mañana. Un espacio en el que sentir la energía de un árbol, donde estar con él, donde experimentar el vitalismo trágico, tanto física como emocionalmente. Entrar en la oscuridad, andar por el largo túnel, sentir el tiempo y el espacio, acercándote lentamente hacia la luz, hacia lo sublime. Un homenaje al Árbol del mundo”.

Pladevall ha encriptado su sueño y, paradójicamente, con este gesto ha logrado añadir luz (cenital) a una forma de entender el arte que no está reñida con la trascendencia. Ni que decir tiene que, hoy por hoy, este posicionamiento es, como quien dice, revolucionario.