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Excursión al Faig de La Pedra

COMO CONSEGUIR TUS PROPIAS CASTAÑAS
Por Anna Vilalta Fotos Andrea Ferrés

- Has cogido la botella de agua? 

-Sí, ya está en la mochila.

-Además de la fruta, nos llevamos galletas?

-Sí, claro, las criaturas tendrán hambre.

-Tomar las biodegradables de espelta o las

 que te pueden obturar las arterias del súper?

-Las que les gusten.

-Las del súper, pues.

-No, coge las de espelta, que Jana no come azúcar.

-No sé por qué lo pregunto ...

El año pasado tres familias quedamos para ir de excursión al Faig de la Pedra, más arriba de Cantallops, en el Parque Natural de la Albera, pasado el castillo de Requesens. La gente del restaurante La Cantina -antigua cantina del castillo de Requesens, punto de salida de la excursión nos aseguraron que el camino al hago no tenía pérdida: -Primer desvío a mano derecha después del depósito de agua y todo recto.

Pero nos perdimos tanto que los teléfonos tomaron cobertura francesa. Mientras los adultos mirábamos arriba buscando una piedra sobre un haya en medio del bosque frondoso, los chiquillos corrían sobre una alfombra de castañas. La cáscara que las envolvía era espinosa como la piel de un erizo, pero los más pequeños consideraron el hallazgo tan valiosa que aprendieron a pelarlas. Nunca llegamos a encontrar ni el árbol ni la piedra, pero terminamos llenando una bolsa de castañas de dimensiones heroicas. Al día siguiente hicimos un test serio en el vecindario. Por aclamación popular se decretó que las cosechadas a Requesens daban mil vueltas a las de la tienda: eran más pequeñas, sí, pero también más densas y sabrosas.

Así que este otoño, cuando ha vuelto a ser tiempo de castañas, la pequeña Jana ha sacado del baúl de los recuerdos de sus cuatro años de vida las castañas de la Albera: teníamos que volver a buscarlas, no las quería dejar solas en el bosque. De acuerdo, dijimos los grandes, y esta vez encontraremos la Haya de la Piedra. Así que volvimos a organizar una expedición, esta vez, con cinco familias en lugar de tres, por si necesitábamos refuerzos. Proeza inimaginable número 1: todas las familias llegamos puntuales, prácticamente al mismo tiempo, en el parking donde termina la pista transitable. Proeza inimaginable número 2: ninguna criatura ha vomitado en el coche, ni se ha mareado durante el camino. Nadie tiene hambre, ni sueño, ni está cansada.

Empezamos a andar, hace un día espléndido, otoño luce con todos sus colores. El primer reto antes de encontrar el desvío: las vacas de la Albera.

-Son salvajes? -pregunta David, que tiene siete años y no las  tiene todas. 

-No son exactamente salvajes pero sí viven sueltas aquí, en las  montañas. Se dice que viven en semilibertad. 

-Como yo ... -piensa en David.

-Son de una raza más antigua que las vacas que conocemos, la raza de la Albera. Aquí llaman «vaca garduña», por su color. Quiere decir 'vaca del color del haya'.

-Como el haya de la piedra! -dice Jana muy inspirada.

Son inofensivas, pero la mirada fija de sus ojos oscuros prominentes, el pelaje oscuro de parte del rebaño y los cuernos puntiagudos apuntando al cielo imponen respeto. Durante unos segundos los dos grupos, el de vacas con terneros y el de humanos con hijos, nos calibramos las fuerzas.

Tomamos de la mano los niños más impresionados -l'Adrià está preocupado porque lleva un anorak rojo- y seguimos a Alan, de diez años, que grita:

-Aquí hay unas marcas amarillas, aquí hay unas marcas amarillas! -No era tan difícil, efectivamente, «primer desvío a mano derecha después del depósito de agua y todo recto». A partir de aquí nos resulta imposible caminar como un solo grupo. Los tres niños mayores corren despavoridos entrando y saliendo del bosque, apareciendo y desapareciendo del camino, saltando márgenes, troncos cubiertos de musgo y hojas secas. El padre de Luke -que tiene un año-, se lo ha cargado en la espalda y tira arriba a buen ritmo, mientras la madre se entretiene en hacer fotos hoy que puede. La Jana y Jan avanzan al ritmo que les permiten sus pequeñas piernas cogidos de las manos de los padres, que les ayudan en las subidas. Ha llovido y el camino desmoronado está lleno de tierra, piedras y hojarasca.

Nos podemos comer estas bolitas rojas? -preguntan  Alan, David y Adrià, que han encontrado un arbusto de acebo. 

-Noooooooo! -grita el padre de Jan horrorizado.

-Ya me he comido una! -dice Alan con cara de preocupado.

-Pues tendrás que provocar el vómito!

-Es broma! -grita Alan, y los tres se van saltando, corriendo y riendo  por el bosque como tres corzos. 

También vemos robles, encinas y sus hermanas los alcornoques, cubiertas del corcho que les permitirá sobrevivir a los frecuentes incendios de los bosques mediterráneos. Pinos rojos, arces blancos ... Aunque está lleno de castaños, de castañas, pocas. Pensamos que este año hemos venido demasiado tarde o quizás es el precio de coger el buen camino, quién sabe. Sólo quedan los pellones abandonados y alguna que todavía está dentro, pequeña como la última de las matrioixques. Encontramos más avellanas, aunque no son buenas. Son avellanos bordes, de bosque.

-Ecs !, son muy amargos! -dice Alan escupiendo la que se había puesto en la boca con desazón. 

Por el camino bajan un grupo, en una cesta llevan una cepa de un palmo. Después de algo más de una hora de camino -la mayoría, con los pies mojados después de atravesar un arroyo con poca traça-, llegamos al Hago de la Piedra! El lugar es agreste, en medio del bosque húmedo, en pleno pendiente.

Diez veces más alto y grueso que cualquiera de los árboles de los alrededores, el haya alza como un tótem extraordinario. Además de tres metros de altura, entrelas sus ramas nudosas, una gran piedra redondeada y oscura duerme unson silencioso y antiguo. Sentados en las raíces del árbol centenario, cada uno hace su teoriade como demonios fue a parar: rodando por una madera colocada entre la montaña y las ramas, una fuerte desprendimiento, la erupción de un volcán, los extraterrestres o la primera piedra de un utur castillo en el aire.

-Un gigante se lo ha puesto! -dice David convencido de que la ha  acertada. Hay comemos abajo, deseando que no sea hoy el día que quiere caer. //