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ADÉNTRATE EN EL ARTE Y LA CULTURA DEL EMPORDÀ A TRAVÉS DE SUS PERSONAJES

Tura Sanz Sanglas y Esther Pi

UNA ESCULTURA ALTERNATIVA
Por Eudald Camps Fotos Yayoi Sawada

¿Qué tienen en común, además de su «empordanisme», Tura Sanz (Ordis) y Esther Pi (Darnius)? Pues que son mujeres y artistas y, conscientes de este hecho, asumen sin complejos un relato creativo que vendría a encarnar una alternativa al discurso hegemónico que, desde sus orígenes, ha predominado en la historiografía del arte tradicional. Nos referimos, por supuesto, a una mirada etnocéntrica, en primer lugar, pero también a la preponderancia de una sensibilidad masculina (o patriarcal) que prioriza una serie de valores en detrimento de otros.

La historia contemporánea de la disciplina es bastante conocida: a partir de los años 50 del siglo pasado, un alud de propuestas escultóricas ha desbordado periódicamente una historiografía y una crítica, como decíamos, atenazada por valores tradicionales como pueden ser los de originalidad o novedad. Frente a este paisaje tan abigarrado como inalcanzable, la opción mayoritaria ha sido la de buscar genealogías allí donde, simplemente, no hay o no podía existir (se intenta hacer digerible lo nuevo convirtiéndolo en familiar, mostrando sus antecedentes, sus parientes lejanos). En palabras de Rosallind Krauss: «Con el paso del tiempo, estas operaciones de generalización se hicieron un poco más difíciles de realizar. Con el cambio de década [refiriéndose al paso de los 60 a los 70, aunque el ejemplo sigue siendo vigente] la escultura comenzó a estar formada por restos de filamentos amontonados en el suelo, o troncos de árbol aserrados y transportados en la galería, o toneladas de tierra excavada en el desierto [...] Frente a este panorama, el historiador / crítico se limitó a realizar un juego de manos más extenso y comenzó a construir sus genealogías con los datos de mil · Lennis en lugar de unas décadas. Stonehenge, las líneas Nazca, las pistas de balón toltecas, los túmulos funerarios indios ... cualquier cosa podía ser llevada ante el tribunal para dar testimonio de esta conexión de la obra con la historia y legitimar así su condición de escultura ».

Obsesión genealógica que no quería aceptar, entre otras cosas, que la familia del arte occidental (insistimos: la más conservadora o patriarcal) murió, como la poesía, a Auschwitz (certificando la sentencia adorniana, posiblemente la más mal entendida del filósofo alemán). O, para decirlo de otro modo: la escultura contemporánea podía estar hecha de «restos de filamentos amontonados en el suelo, o troncos de árbol aserrados y transportados a la galería, o toneladas de tierra excavados en el desierto» porque era huérfana, porque tenía que desconfiar de unas categorías heroicas teñidas de sangre y de un relato que delegaba en la utopía futurista del progreso ilimitado la responsabilidad ineludible para con el presente inmediato.

La cuestión, vendrían a decirnos los trabajos de Tura Sanz y Esther Pi, es qué hacer después del fin de los grandes relatos y de los planteamientos heroicos; como recomponer un arte que se ha estrellado contra la historia y que, tras el accidente, es incapaz de admitir su fracaso ... Contra pronóstico, una posible alternativa la encontramos en una corriente de pensamiento ético (y no estético ) que nace, a partir de la década de 1980, en el contexto anglosajón: llamado care ethics, (en catalán «ética del cuidado», en castellano, «ética del cuidado» o «ética de la solicitud»), su objetivo principal consiste en plantear los problemas éticos a partir de las consideraciones de género. Surgida del movimiento feminista -como bien señala Julia Torres Canela-, la care reivindica que la sensibilidad femenina permite una manera diferente de entender la problemática moral, porque lo hace desde un punto de vista más cercano a la intimidad ya las emociones propias de la "voz" femenina. Son temas básicos de la care ethics la consideración de la diferente "voz" (por usar una palabra de Carol Gilligan) que las mujeres tienen cuando se plantean temas de justicia y de equidad, la reivindicación del papel de la sensibilidad a la hora responder dilemas éticos y la valoración de conceptos como la vulnerabilidad, la sensibilidad y la dependencia.

La definición global que hace la politóloga Joan Tronto (Moral Boundaries, 1993) puede acabar de situarnos al respecto: «Una actividad genérica, que comprende todo lo que hacemos para mantener, perpetuar y reparar nuestro mundo, de manera que podamos vivir lo mejor posible. Este mundo comprende nuestros cuerpos, nosotros mismos y nuestro entorno, elementos que pretendemos religar en una red compleja en sostenimiento de la vida ». De eso se trata: entre la voluntad de cambiar la realidad y la actitud pasiva de aceptarla como algo dado, hay un tipo de actividad sutil que recuerda el trabajo de las modistas (y la de todas las Penélope, Ariadna, Aracne...) en la medida que reconstruye el mundo mediante un tejer paciente que exige ser llevado a cabo con el máximo cuidado; una manera de afrontar la realidad sin violencia y con la certeza de que sólo es posible transitar por esta vida cuidando de todas las cosas.

En este sentido, conceptos como «religar» o «reparar» trascienden el ámbito de la ética para mostrar posibles vías para una «escultura del cuidado» como la que llevan a cabo Sanz y Pi... Y es que, a la luz de estos planteamientos, es relativamente sencillo asociar la propuesta de las ampurdanesas a la de creadoras como Louise Bourgeois o Gertrud Goldschmidt (más conocida como Gego): la aparente fragilidad de sus «cuerpos escultóricos», el cuidado que tienen los materiales (los acompañan, nunca los someten a violencias innecesarias), la concepción holística del paisaje (donde la obra y el artista se integre en un todo natural), la recuperación de una idea de feminidad entendida como fuente de vida, como origen seminal (la venus arcaica), todo ello, insistimos, encarnaría la posibilidad de una escultura alternativa a la que, por puro decreto, nos ha legado el relato oficial.

O, en palabras de Esther Pi: ​​«Mi obra tiene presente las dualidades constantes del día a día, construyo diálogos que hablan de las relaciones, de la fragilidad de la existencia humana pero a la vez de algo fuerte que me anima a seguir buscando la esencia de cada cosa y de nosotros mismos. Mi foco son la naturaleza y el cuerpo humano como parte de ella. 

El objetivo es introducir estímulos al espectador que le permitan entrar y abrirse a sí mismo, para autodescubrir a. Mi proyecto artístico es un camino para sensibilizar paulatinamente la realidad más cercana y expandirla ». // 

Nota: este artículo ha sido realizado teniendo en cuenta sólo referentes femeninos provenientes de campos tan diversos como el arte, la psicología, la filosofía y la política, como Esther Pi, Tura Sanz, Rosallind Krauss, Julia Torres Canela, Joan Tronto, Louise Bourgeois o Gertrud Goldschmidt.

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