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AJOUTER SUR L'ART ET LA CULTURE DE L'EMPORDÀ PAR SES PERSONNAGES

Albert Serra

LA TROISIÈME VOIE D'UN ESPRIT DALÍ
Par Eudald Camps Photo Andergraun Films

Albert Serra filmó su primer película en Crespià, una especie de divertimento ampurdanés en el que ya se adivinaba el instinto cinematográfico de un director brillante y en ocasiones polémico. Quizá por eso Salvador Dalí es uno de sus referentes: para que sus trabajos siempre son una síntesis perfecta de cordura y de arrebato, de realismo descarnado y de episodios oníricos, de oficio y de inspiración. Aire fresco, en todo caso, para el cine de casa que tiene su génesis en el corazón del Empordà.

Hoy por hoy, en Cataluña, la  realidad del cine es profundamente dicotómica: hay un cine catalán (no está claro de si se trata tan sólo de lo hablado en esta lengua o, en un sentido más amplio, del hecho aquí) y un cine foráneo; uno comercial y uno de autor; uno que apuesta por la ficción y otro que documenta (con pretendida objetividad) lo que sucede en el mundo; uno 'puro' (inscrito en una tradición autorreferencial) y uno 'impuro' (que ve a las fuentes de la cultura visual, más allá de géneros o formatos) ... 

Se es una cosa o la otra, perteneces a un grupo  o milites al otro. Como mínimo, hasta no hace mucho: la irrupción de Albert Serra (Banyoles, 1975) en el paisaje cinematográfico de este pequeño país añade una 'tercera vía' que no deja (en un sentido o en otro) a nadie indiferente. 

Para entendernos: obviando el cine comercial (mecánico e impersonal), Serra ha asumido lo mejor de la Escuela de Barcelona y del documentalismo que, en su momento, sintetizó Joaquim Jordà (1.935-2.006) y, al mismo tiempo, se ha sabido sumar con naturalidad a las filas del arte contemporáneo siguiendo, en este sentido, el sendero desbrozado por Pere Portabella (1929). Quien mejor ha entendido la originalidad y el giro que representa el director de Banyoles es el crítico cinematográfico Ángel Quintana: "Sierra cuenta historias, pero rompe con la causalidad para dar mucha más importancia a la atmósfera plástica, coge figuras míticas y las lleva a un registro minimalista que acentúa su cotidianidad, rompe con la dramaturgia a partir del trabajo con los actores no profesionales y hace que la plasticidad sea uno de los factores clave de su obra ", escribía hace poco en Cahiers du Cinéma.

O como él mismo explica: Yo sólo intento filmar la vida. Pongo la cámara y espero que pasen cosas. Por eso intervengo muy poco durante el rodaje de mis películas: de hecho, muchas veces me pongo de espaldas y ni siquiera miro la escena que se está rodando ... La parte más importante de mi trabajo será durante el montaje. Y es que Albert Serra, como decíamos, encarna a la perfección la figura del cineasta-artista (a la manera de un Fassbinder o de un Pasolini) que crea ficciones con el objetivo de mostrar la vida más que la realidad . En este sentido, no es extraña la autonomía que el autor de Honor de caballería reserva para la obra de arte: La gracia de una buena película es que nunca puede tener un sentido unívoco ni evidente. Según como se mire, ni siquiera el director sabe qué película está haciendo: lo descubre al final, cuando la obra ya funciona sola. Esto puede parecer trágico pero explicaría, por ejemplo, la presencia del mal moral y estético en el arte: su función nunca es aleccionadora sino más bien todo lo contrario. En última instancia, concluye Serra, nada impide que un perfecto hijo de puta pueda ser un gran artista o un magnífico escritor. No hacen falta ejemplos.

La presencia de Albert Serra en las grandes citas del arte contemporáneo como pueden ser la Documenta 13 de Kassel (2012) o la Bienal de Venecia (2015) confirman al cineasta como un dignísimo sucesor de lo que podríamos llamar la antiacadèmia daliniana. Y que nadie se equivoque: no nos referimos al pintor surrealista sino al hombre-icono que se desplegaba mediante un complicado (más que complejo) gesto performativo que es lo que fascinó Warhol todavía fascina Jeff Koons y, en última instancia, que consigue alargar la sombra del figuerense hasta la cita veneciana de este año (por cierto: el pabellón español, comisariado por Martí Manen, también está dedicado a Salvador Dalí).

De eso se trata: la tercera vía para el cine catalán que nos regala el Albert Serra podemos sumar, pues, una actualización del espíritu daliniano en el mejor sentido del término. El Empordà más creativo sigue desplegándose en ondas concéntricas.//