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Can Bosc del Baró

UNA GRANJA DE EXCELENCIA
Por Stephen Shemella Fotos Andrea Ferrés

Para llegar a Can Bosc del Baró, debemos trepar caminos sucios y serpenteantes, hectárea tras hectárea, por campos de monocultivo y granjas de cerdos convencionales, antes no distinguimos la propiedad de Pere Pareta y percibimos, entonces, algo diferente. Hileras de verduras y una pequeña plantación de cereales que se divisan desde la casa; una pareja de asnos que pastan pacíficos en un terreno de hierba fresca escogido especialmente para ellos; un modesto jardín entre los asnos y la calzada de acceso; y un cactus en la entrada, tan alto como la masía, como una prueba del sol. En la fachada posterior, la sombra generosa de una morera. Y lo más acogedor de todo, aún, es ver a Pedro regando y dándonos la bienvenida con una sonrisa. 

Pedro se convirtió en labrador por tradición familiar, pero lo cierto es que cada generación ha defendido su propia idea del oficio. Su abuelo había comprado las tierras -entonces un bosque - en 1945, justo al salir de la cárcel terminada la Guerra Civil. Y después de generaciones de animales y agricultura, estas cinco hectáreas cultivables pasaron a las manos de Pedro, que en un principio tomó el relevo de su padre para continuar trabajando la tierra con las herramientas y los métodos tradicionales. Unos años más tarde, sin embargo, se dio cuenta de que algo no marchaba, y no sólo transformó una fábrica que ya funcionaba para volverla orgánica, sino que, sobre todo, decidió abandonar la práctica de envenenar la Tierra para cambiar radicalmente de perspectiva.

A veces, perseguidos por la sombra alargada de la agricultura tradicional, puede resultar difícil hacerse un lugar dentro del mercado de producción ecológica. A Pedro, la presión de los vecinos y la incredulidad general ante las alternativas a los agroquímicos lo llevaron a replegarse en sí mismo y concentrarse en su trabajo, hasta que terminó adoptando un método de cultivo que habla por sí solo . A través del cultivo de una cuidada selección de verduras, Pedro colabora y provee a los campesinos que van a vender en el mercado, mientras él dedica todo su tiempo al trabajo en el campo para ocuparse directamente de cada planta. De este modo, y de la mano de una fuerte determinación, su producto no tardó en ganar fama. Al poco, los mismos vecinos que antes la habían mirado con desconfianza comenzaron a pedirle consejo, probando a Pedro que si centramos nuestros objetivos en la salud del ecosistema por encima de las cifras de producción, estos rendimientos se nos devolverán con una fuerza renovada. Y es que los campos de Pedro alcanzan resultados casi idénticos a los de sus vecinos y su producto ecológico y con certificado bio es cada vez más deseado. Los consumidores también están aprendiendo la diferencia, y a exigirla.

El producto de la agricultura sostenible es cada vez más buscado por nuevos clientes, chefs o padres conscientes de la comida que ponen en la mesa, pero lo cierto es que también está creciendo el interés por las fuentes, y es que ahora también se pueden conseguir fácilmente las semillas ecológicas, venidas directamente de granjas como la de Pedro. De este modo, la asociación Las Resfardes trabaja para conectar agricultores y productores interesados ​​no sólo proveer la comunidad de verduras saludables sino también de las semillas. Y en este punto descubrimos uno de los principales intereses de Pedro, porque cultivar semillas implica métodos diferentes que hacer crecer verduras, y a él le encanta abordar la tierra desde esta vertiente más científica: estudiando nuevas técnicas, valorando los resultados y discutiendo con otros agricultores para mejorar la calidad de las semillas año tras año. Y es desde esta área de su práctica agrícola, que no persigue el beneficio económico, que Pedro consigue mantener el buscado equilibrio que mejora la calidad de todo lo que toca.

De entre todos los esfuerzos que hay en juego para obtener buenos resultados en el campo de la agricultura ecológica, encontramos cuatro elementos básicos imprescindibles: el sol, el agua, una tierra saludable y semillas de calidad. Y aquí, en Can Bosc del Baró, se combinan los cuatro en una armonía perfecta. Al oeste, la vista de los bosques en las cimas de las colinas nos brinda un sentimiento de paz, así como el río Ter, a unos 200 metros de distancia, que como el héroe olvidado de la tierra alimenta la morera y abastece el pozo para aportar un excedente de agua. Lo que tiempo atrás fue el bosc del Baró transporta al visitante desprevenido a la mágica energía de la tierra y lo hace olvidarse de que todas las granjas de alrededor no son ni tan saludables ni tan pintorescas. Con todo, de vuelta a casa, el olor lejana de una granja de cerdos no consigue borrar la esperanza en una creciente conciencia de la necesidad de velar por la salud de nuestros niños y en la posibilidad real de un futuro más sostenible.